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¿Mansalva, juego limpio o doble moral?

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Una gran polémica se ha generado en el mundo del ciclismo, especialmente en quienes están directamente relacionados con La Vuelta a España, respecto a lo que algunos se atreven a llamar “mansalva”..

Por: Hernán Payome Villoria

Una gran polémica se ha generado en el mundo del ciclismo, especialmente en quienes están directamente relacionados con La Vuelta a España, respecto a lo que algunos se atreven a llamar “mansalva”, palabra con la cual describen el comportamiento asumido por los ciclistas que atacaron en momentos en que se producía una caída que afectaba al líder de la competencia, el español del equipo Movistar, Alejandro Valverde.

Obviamente consideramos lamentable, muy lamentable, que alguien que porta la camiseta como el mejor de la carrera se caiga y, por esta razón, pierda su posición privilegiada. Pero hasta ahí.

Y las razones que argumentan nuestro punto de vista se remiten a lo elemental que sigue siendo este deporte, pese a sus más de cien años de historia y a los inocultables avances tecnológicos, técnicos y estratégicos. El ciclismo, sea francés, español, colombiano, inglés o japonés, es el arte de montarse sobre una bicicleta, pedalear incesantemente y llegar primero a la meta. Quien quiera agregar algo más, simplemente estará siendo redundante. Y todo lo que pueda llegar a suceder mientras se esté en competencia es simplemente producto de ella y, se asume, todos los corredores están en igualdad de condiciones e igualmente expuestos a cualquier tipo de contingencias, sean éstas de salud, mecánicas, accidentales, etc., de tal suerte, que no se puede estar haciendo concesiones a unos y a otros porque, con seguridad, siempre habría injusticias o desequilibrios.

Establecer este tipo de “códigos de ética” equivaldría a que en una competencia de 110 metros con vallas, los corredores deberían parar la carrera porque uno de ellos tropezó con uno de los obstáculos y cayó al piso. Tampoco se ha visto el primer caso en el que al caer un jinete en los 1.500 metros pista de grama, los demás jinetes aprieten las riendas para que sus semovientes se detengan como si llevasen frenos de disco. En el ciclismo sucede lo mismo. Mala suerte para quien se cae, pero qué se le va a hacer. Mala suerte para quien pincha, pero qué se le va a hacer.

Caso contrario sería que un accidente fuera causado de manera premeditada sin medir sus posibles consecuencias. Eso sí sería una actitud punible y fuera de todo contexto; más para una columna judicial que deportiva.

¿Qué pasaría, por ejemplo, si quien se cae es el último de la clasificación general individual? ¿Se detendría un lote de 190 corredores a esperarlo? ¿Qué pasaría si quien se cae es un corredor que va solitario en fuga? ¿Acaso se alertaría por medio del radio-tour para que el lote se detenga y no lo alcance?

Hay que tener en cuenta que lo que pretende llamarse “juego limpio”,  debe tener acepciones bien definidas en situaciones que también son de importancia, sin ser necesariamente percances mecánicos o caídas.

¿Podría hablarse de juego limpio cuando un corredor ataca a su rival, al enterarse que éste tuvo una mala noche, no desayunó, tiene serios problemas gastrointestinales o padece cualquier otra afección de salud?

¿Hubo mansalva por parte de Alfonso Flórez Ortiz al atacar a Rafael Antonio Niño cuando éste cayó en la primera etapa (Santa Marta-Barranquilla) en la Vuelta a Colombia de 1979?

¿Podríamos afirmar que Luis Herrera ganó la Vuelta a España de 1987 gracias a que atacó al irlandés Sean Kelly  en los días previos a su retiro en los que éste fue afectado por una fuerte forunculosis?

Queda el consuelo de que quien ataca ante la caída de uno o varios de sus rivales lo hace ante los ojos de  todo el mundo, y no como aquel que inyecta sus venas de eritropoyetina (EPO), o acaricia su hígado con anfetaminas, anabolizantes y cualquier cantidad indiscriminada de sustancias dopantes, pero ante los ojos del aficionado, y quizás de él mismo, aparece como un santo redentor.

¿Puede existir mansalva en aquel que vence a sus rivales gracias a que cuenta  con mejor material mecánico y logístico? Quizás no, pero no olvidemos que las diferencias técnicas y mecánicas tienen incidencia directa en los resultados. ¿Alguien podría asegurar que en una Vuelta a Colombia, la bicicleta de quien gana es igual a la de quien queda último?

Juego limpio es, por ejemplo, darle una caramañola a un corredor de un equipo rival quien está a punto de desmayarse por deshidratación y, sin embargo, curiosamente, esta actitud es objeto de sanción según el reglamento. ¿Entonces, quién puede definir la barrera invisible entre el juego limpio y la mansalva?

Para el caso específico de una caída no se prohíbe esperar, pero tampoco se prohíbe atacar. Eso queda al libre albedrío de quienes no fueron afectados por el incidente.

Por el contrario, la mansalva puede estar oculta o enmascarada en otros escenarios. ¿Acaso no es mansalva destruir la moral o la dignidad de un deportista desde los teclados de una oficina de redacción? ¿Es juego limpio comprar o vender una carrera, o ser intermediario para que esto se produzca?

El ciclismo es un deporte aguerrido, de permanente lucha, de “sálvese quien pueda” y en donde, casi siempre, gana el mejor. En donde, se entiende,  debe imperar el juego limpio;  pero de ahí a pretender que cada vez que alguien tenga un inconveniente se debe paralizar el mundo, hay mucha distancia. Y mucho más en el ciclismo élite, de altísimo nivel, en donde quienes compiten saben perfectamente que están de por medio prestigio y dinero, los cuales se ponen en juego en los pocos segundos que tarda en tomarse una decisión, como aquella de esperar o no. Esas actitudes altruistas sólo son válidas cuando se sale a montar en bicicleta con el hermano o los primos, pero en una competencia del calibre de La Vuelta a España, simplemente no caben, y menos cuando la carrera va lanzada a treinta kilómetros del final y con la inminente formación de abanicos por los fuertes vientos de costado.